Mujeres de la historia: Margarita de Parma

El análisis y estudio de la figura de Margarita de Parma y su gobierno de los Países Bajos, así como la gestión del mismo, el contexto político-religioso-social del territorio, el posterior estallido de la rebelión y las razones de su dimisión, no se comprenderían sin tener en cuenta a diferentes personajes históricos clave en el desencadenamiento de los acontecimientos, como son su padre, el emperador Carlos V; Margarita de Austria y María de Hungría; su hermano por parte de padre, el rey Felipe II, el cardenal Granvela, Guillermo de Orange, los condes de Egmont y Horn, y el duque de Alba.

Hemos de partir, por tanto, por Carlos V, quien recibe los Países Bajos como parte de la herencia borgoña de los Augsburgo, territorio en el que no se le consideró nunca un extraño: nacido en Gante, vivió en Flandes hasta 1516, cuando, a la muerte de su abuelo Fernando El Católico, se traslada a España. Conocedor de la lengua flamenca, su corte estaba formada incialmente por nobles flamencos. Fue un rey viajero, sabedor de la responsabilidad de contar con tan diversas y vastas posesiones. Católico, en muchas ocasiones por cuestiones políticas, fue un monarca conciliador y responsable en la gestión de esos territorios y sus particularidades sociales, culturales y políticas, supo aprovechar el conflicto existente entre la nobleza y las ciudades y reforzar así su poder – el centro de poder en los Países Bajos giraba en torno a la fórmula príncipe-nobleza-ciudad-.

El problema surge cuando el emperador abdica en su hijo Felipe II. El nuevo rey fue considerado desde el principio por los ciudadanos de los Países Bajos como un extraño, aún siendo señor natural de los territorios: no conocía las costumbres flamencas y tampoco hablaba la lengua – durante la ceremonia de abdicación de su padre, el nuevo rey pronunció su discurso teniendo que ser traducido al flamenco -. Nunca supo adaptarse a sus posesiones ni se adaptó a la política que exigían los nuevos tiempos, desoyendo los consejos de su padre, según apuntan algunos historiadores. Su decisión en 1559 de instalarse en Castilla y abandonar así sus posesiones europeas agravó el rechazo de los flamencos.

Bien es cierto que Felipe II, de acuerdo con las referencias históricas, se caracterizó, a diferencia de su padre, por ser un católico por convicción propia, considerado como fanatico religioso por los flamencos, con escasa voluntad y capacidad para afrontar y gestionar los grandes temas de Estado. En los Países Bajos se reflejó esta escasa capacidad de gestión, al no acertar a gobernar estos territorios, ya que, en muchos casos, trató de imponer modelos de gestión propios de Castilla. Este desconocimiento de la realidad de los territorios, la cultura y la economía local acabarían dañando aún más la figura del monarca.

Felipe II se encontraba ante una tesitura compleja y muy dispar a la mentalidad castellana: una economía orientada al libre mercado y, lo más destacado, una sociedad tolerante desde un punto de vista religioso y multicultural. Desconocedor de la realidad, pero sabedor de la antipatía que despertaba en todos los ámbitos de la sociedad flamenca, decidió contar con su hermana por parte de padre, Margarita de Parma, y encomendarle el gobierno de los Países Bajos, junto al Consejo de Estado, donde estaban representados los más distinguidos y destacados miembros de la nobleza flamenca – cuya misión era aconsejar y orientar a Margarita en cuestiones de Estado-.

Hija del emperador Carlos V y de Juana Van Der Gheynst, dama de confianza de una noble flamenca, una vez reconocida y legitimada por su padre, éste encomendó la educación de Margarita a su tía Margarita de Austria, duquesa de Saboya y entonces regente de los Países Bajos; y posteriormente, a la hermana de Carlos V, María de Hungría. Margarita creció rodeada y bajo la influencia de dos mujeres enérgicas, de gran carácter, bagaje cultural y exquisita educación. Referentes que marcaron la personalidad de Margarita en su vida personal y su labor como gobernadora. Su conocimiento de idiomas -hablaba flamenco, francés, italiano, castellano y latín-, de las distintas culturas y costumbres europeas, así como su amor por el arte, hicieron que mantuviera siempre un excelso equilibrio entre su autoridad política, el cultivo del intelecto y el desarrollo del mecenazgo.

Felipe II, con el nombramiento de gobernadora, hallaba en su hermana Margarita de Parma el equilibrio y la buena imagen ante la sociedad y los miembros de la nobleza flamenca. Sin embargo, la mala imagen del rey en el territorio no fue si no incrementándose con el tiempo: el rey nombró al cardenal Antonio Perrnot Granvela como su representante dentro del Consejo de Estado, quien pronto comenzó a ganarse enemistades no solo con los representantes de la nobleza, especialmente con el príncipe de Orange, y los condes de Horn y Egmont; sino con la propia gobernadora. Margarita empezó a recelar del cardenal al darse cuenta de que éste enviaba informes secretos al rey criticando su gestión y las buenas relaciones que mantenía con los nobles flamencos.

La delicada situación política se agravaba, la economía se resentía y la sociedad multicultural, caracterizada tradicionalmente por su tolerancia religiosa y su libertad política, sufría lo que consideraron una falta brutal de condescendencia y comprensión al no verse respetadas las libertades del pueblo flamenco en cuestiones de religión. En este contexto comenzó a tomar relevancia la feroz propaganda contra la monarquía hispánica representada en un rey cruel, tiránico, ignorante, intolerante, fanático religioso, marioneta de la Inquisición española, incapaz de gobernar sus territorios -poniendo como ejemplo la mala gestión y la represión llevada a cabo en las Indias. El rey desoía los consejos de su hermana y de los nobles flamencos representados en el Consejo, que pedían una moderación en la política religiosa – el conde de Egmont llegó incluso a viajar a Madrid para solicitar en persona que se rebajase el tono y se mitigara la represión religiosa que comenzaba a vivirse en el territorio-.

Esta realidad se recrudeció cuando en el año 1564 llegaban a los Países Bajos las órdenes de Felipe II para que se publicaran los edictos derivados del Concilio de Trento, mediante los cuales se exigía que se castigase a los herejes flamencos con dureza y se les confiscara sus bienes. Margarita volvió a hacer alarde de su diplomacia y tacto, al escribir a su hermano y explicarle que era necesario una dirección más templada, dada la situación; sin embargo, el rey volvió a desatender los consejos de la gobernadora y exigió la publicación de sus órdenes, las cuales fueron públicas por Margarita semanas después para no arruinar la celebración de la boda de su hijo, Alejandro Farnesio.

Tras la publicación de las indicaciones de Felipe II, los predicadores calvinistas acentuaron su actividad. La rebelión era ya un hecho imparable. Como último recurso, miembros de la nobleza católicos y protestantes redactaron un documento, el llamado “El Compromiso”, en el que solicitaban la suspensión de la actividad llevada a cabo por la Inquisición y, como consecuencia, un cambio tolerante y respetuoso en la política religiosa del país. El documento, escrito en un tono leal y respetuoso, fue presentado a la gobernadora por los que se llamaron “Les Gueux” (Mendigos), que iban armados y por lo que se consideró un atentado contra la hermana del rey, a pesar del mencionado tono conciliador y fiel a Margarita. Su respuesta fue directa y coherente con el curso de los acontecimientos: la gobernadora transmitió instrucciones a los jueces para que estos mostraran indulgencia con aquellos acusados de herejía. Sin embargo, la actuación llegaba muy tarde. Las condiciones económicas de los Países Bajos decaían y los predicadores calvinistas continuaban turbaban y acaloraban a una población incomprendida, que veía en los clérigos católicos excesos y abusos. Las ciudades vibraban agitadas y Margarita quiso frenar la revueltas organizando las defensas de las ciudades pero los gobiernos municipales apenas respondieron. Margarita se vio sin ejército, sin dinero y sin saber en quién confiar.

Pero el detonante que acabó con la furia de los más desfavorecidos (revuelta iconoclasta) fue una nueva subida del precio del cereal. Las masas exasperadas entraron en las iglesias, destruyeron las imágenes y requisaron los objetos litúgicos de oro y plata. La reacción iconoclasta se expandió por todo el territorio. Ante la truculencia de la rebelión, los refrendarios de “El Compromiso” reaccionaron, manifestando su lealtad a Margarita. La gobernadora respondió con nobleza para intentar apaciguar las aguas, y les trasladó la promesa de trabajar para eliminar la Inquisición del país y suavizar los decretos contra la herejía.

Por su parte, el rey envió a Margarita dinero y tropas para apaciguar las revueltas. Se consiguió restaurar el orden y algunos rebeldes tuvieron que huir a países como Inglaterra o Francia, y otros se refugiaron en ciudades como Colonia o Eden. La gobernadora prometió que aquellos que jurasen de nuevo fidelidad al rey, estarían libres de culpa. Así lo hicieron los condes de Horn y Egmont. Sin embargo, Orange, que se había mantenido ambiguo en sus actuaciones, apareciendo como traidor a los ojos de ambos bandos, decidió exiliarse para no verse en la obligación de verse retratado por ninguna facción. Margarita, en esta situación de relativa calma, escribió a su hermano implorando clemencia, sentido de responsabilidad y espíritu de conciliación, ya que, de no ser así, el conflicto acabaría enquistándose, volviendo las sublevaciones y reacciones cruentas, sin remedio. El rey de nuevo rechazó los consejos de Margarita y para lo que él consideraba reforzar la posición de la monarquía en el territorio, envió al duque de Alba junto a un contingente de tropas españolas que aunaban experiencia y destreza. La gobernadora, incapaz de convencer a su hermano de que la decisión era desmesurada y que la reacción de la autoridad debía ir orientada hacia una cierta moderación en las acciones, decidió dimitir y abandonar los Países Bajos.

La labor de Margarita de Parma en los Países Bajos fue trascendental, su papel en la gestión de los acontecimientos más delicados, la toma de decisiones comprometidas y arriesgadas, tal y como hemos visto a lo largo de este breve recorrido de su mandato, nos muestran a una mujer con unas cualidades diplomáticas extraordinarias, su vasta cultura y camaleónica personalidad, capaz de adaptarse a una coyuntura tan delicada como desafiante, siempre con la responsabilidad y el deber que su cargo requerían. Todo ello en un mundo de hombres, gobernado por y para hombres. Sin duda, la influencia en su carácter y personalidad de las mujeres que dirigieron su educación, Margarita de Austria y María de Hungría, así como la responsabilidad y respeto de su padre por el pueblo y cultura flamenca, marcaron el estilo de gobierno y el temperamento de una mujer excepcional.

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